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Minerales críticos y desarrollo industrial: ¿vino viejo en botellas nuevas?

La carrera global por asegurar el acceso a minerales críticos se está acelerando. Se proyecta que la demanda de litio, cobalto, cobre y tierras raras aumentará drásticamente —en algunos casos hasta cuadruplicarse o más— hacia 2040. Estos minerales se están convirtiendo en activos estratégicos debido a su papel central en la transición energética, la digitalización y las agendas de seguridad, incluida la militarización.

Como ocurrió en anteriores ciclos de auge de las materias primas, las economías en desarrollo ricas en recursos naturales se están lanzando de lleno a esta oportunidad: algunas con décadas de experiencia extractiva detrás (Indonesia, República Democrática del Congo, Chile, Brasil), otras como nuevos aspirantes (Zimbabue, Namibia, Zambia, Uzbekistán). En más de 40 países, los minerales ya representan más de la mitad de los ingresos por exportaciones, y este momento profundizará aún más esa dependencia.

En este contexto, crecen las expectativas de que esta vez los minerales sí generen desarrollo. Desde Yakarta hasta Harare y Windhoek, y desde Santiago hasta Brasilia, los gobiernos vienen transmitiendo distintas versiones de un mismo mensaje: esta vez no vamos a exportar piedras. Lula, en Brasil, lo expresó con claridad: “No vamos a ser exportadores de minerales críticos. Si quieren exportarlos, tendrán que industrializarlos en nuestro país para que nuestro país pueda captar ese valor”. Organismos internacionales, países consumidores y bloques regionales están impulsando la misma ambición, respaldados por un denso ecosistema de iniciativas, paneles de expertos, estrategias y acuerdos bilaterales que incorporan compromisos de agregación de valor.

Pero esta es una promesa conocida. Ya la hemos escuchado antes.




Viejas lecciones, nuevo boom

Pocas relaciones en la economía del desarrollo han sido tan estudiadas —o tan frustrantes— como la que existe entre los recursos naturales y la prosperidad. Y por una buena razón: los países ricos en recursos se han encontrado repetidamente atrapados entre la promesa y la decepción, entre los booms y las crisis, entre la extracción y el desarrollo genuino. Esto se debe a que las oportunidades son reales, pero también lo son los riesgos.

La evidencia es clara: los booms de recursos pueden traer inversiones muy necesarias, divisas, ingresos fiscales y empleo. Bajo las condiciones adecuadas —aunque estas no son fáciles de alcanzar— también pueden impulsar el cambio estructural y el desarrollo industrial a través de encadenamientos productivos, acumulación de capacidades y aprendizaje tecnológico. Mi propia investigación ha documentado exactamente esto en América del Sur, donde empresas que realizaron esfuerzos sostenidos y deliberados han logrado insertarse exitosamente en cadenas globales de valor mineras y agrícolas, convirtiéndose en proveedores competitivos e innovadores (Marín et al., 2023; Marín y Morales, 2025).

Pero los desafíos están igualmente bien establecidos. La volatilidad de precios típica de los recursos naturales genera inestabilidad macroeconómica y vulnerabilidad fiscal; la enfermedad holandesa socava la competitividad de otros sectores. Los proyectos extractivos frecuentemente llegan acompañados de sus propios proveedores internacionales y funcionan como enclaves, con vínculos limitados con la economía doméstica. Los científicos políticos han demostrado de manera convincente que las rentas derivadas de los recursos naturales pueden debilitar las instituciones, alimentar la corrupción y reducir la rendición de cuentas.

El actual boom de los minerales críticos es la manifestación más reciente y, en muchos sentidos, la más intensa de esta historia. Y, de manera preocupante, ya estamos observando señales tempranas de estas dinámicas conocidas. Fuertes oscilaciones de precios —particularmente dramáticas en el mercado del litio, donde los precios cayeron más de un 70 % entre 2022 y 2024—, indicios tempranos de apreciación cambiaria en algunas economías ricas en minerales, preocupaciones de gobernanza en países como la República Democrática del Congo y dificultades persistentes para construir encadenamientos locales a pesar de décadas de extracción: los patrones conocidos están reapareciendo.

Pero la pregunta clave hoy es: ¿el contexto en el que se está desarrollando esta nueva ola de expansión —en términos geopolíticos, tecnológicos y ambientales— está modificando lo que es posible, lo que está en juego y lo que el desarrollo basado en minerales podría requerir realmente esta vez?

Nuevos desafíos: los viejos problemas, pero más difíciles

Tres desarrollos están cambiando de manera fundamental las condiciones para el desarrollo a partir de los minerales, y ninguno de ellos hace las cosas más fáciles.

En primer lugar, esta ola de extracción se está desarrollando en medio de una profunda crisis ambiental. Las regiones ricas en recursos ya están experimentando fuertes presiones sobre el agua, la tierra y los ecosistemas. La minería es una actividad altamente intensiva en el uso de recursos, y su expansión está intensificando la competencia por recursos escasos, a menudo en entornos que ya son frágiles. En el desierto de Atacama, la extracción de litio está consumiendo una proporción cada vez mayor de los suministros locales de agua en regiones que enfrentan una sequía severa. En Indonesia, la rápida expansión del procesamiento de níquel —que involucra operaciones de fundición a gran escala en Sulawesi y Maluku— ha provocado deforestación, degradación costera y una grave contaminación del aire y del agua en algunos de los paisajes con mayor biodiversidad del mundo.

En segundo lugar, la resistencia a la minería se ha vuelto extendida y global. Los conflictos en torno a la extracción ya no son fenómenos aislados o localizados, ni tampoco son simplemente un síntoma de instituciones débiles, como a veces se sugiere. Ocurren en distintas regiones y niveles de ingreso, allí donde existen depósitos minerales, como mostramos recientemente (Marín y Palazzo, 2025). Estos conflictos reflejan no sólo preocupaciones ambientales, sino también cuestiones más profundas relacionadas con los derechos, la distribución y la participación.

En tercer lugar, las tensiones geopolíticas en torno al acceso a los minerales se han intensificado de manera significativa. En un contexto de alta concentración del suministro y del procesamiento de minerales críticos clave, el acceso se concibe cada vez más como una cuestión de seguridad nacional antes que de eficiencia de mercado. Las principales economías están coordinando estrategias para asegurar el abastecimiento, muchas veces mediante alianzas y acuerdos de tipo “club”. Si bien esto puede generar nuevas oportunidades de negociación para algunos países productores, también redefine las reglas del juego, y no necesariamente de formas que favorezcan el desarrollo.

Tomadas en conjunto, estas condiciones no reemplazan los desafíos clásicos del desarrollo basado en recursos naturales: los amplifican. Pero una pregunta igualmente importante es si los países productores están hoy mejor posicionados que en booms anteriores para enfrentarlos.


Nuevas oportunidades: razones para un optimismo cauteloso


Tres desarrollos podrían abrir nuevas posibilidades, aunque ninguno de ellos constituye una garantía.

En primer lugar, muchos países de ingresos bajos y medios poseen hoy capacidades que estaban en gran medida ausentes durante los booms de materias primas anteriores. A lo largo de las últimas décadas, las inversiones en política industrial, educación y sistemas de innovación han construido capacidades científicas, tecnológicas y productivas que simplemente no existían antes. Al mismo tiempo, las nuevas oportunidades tecnológicas —particularmente en ámbitos digitales y modulares— podrían reducir las barreras de entrada en ciertos segmentos sofisticados de las cadenas de valor mineras.


En segundo lugar, existe una mayor determinación y una creatividad genuina en los esfuerzos por ir más allá de la mera extracción de materias primas. Los gobiernos están experimentando con nuevas combinaciones de políticas. Indonesia ha combinado medidas restrictivas (como la prohibición de exportar mineral sin procesar) con acuerdos de inversión negociados. Chile ha optado por un enfoque menos restrictivo, pero igualmente orientado por el Estado, vinculando el acceso privado a compromisos de agregación de valor dentro del país. Otros, como Argentina, están siguiendo una estrategia más liberal: menos condiciones, puertas abiertas y un alineamiento más estrecho con las grandes potencias para atraer inversiones y asegurar acuerdos. Estos enfoques son objeto de debate y sus resultados son inciertos, pero reflejan una imaginación de política pública más amplia que la observada en booms anteriores.


En tercer lugar, las preocupaciones sociales y ambientales se han vuelto más difíciles de ignorar. Existe un mayor reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, de las desigualdades de género y de los impactos más amplios de la extracción. La sociedad civil está más organizada y conectada globalmente. Estas preocupaciones han ingresado en los principales debates de política pública y en los marcos de gobernanza, y los consumidores en mercados clave son cada vez más conscientes de dónde y cómo se producen los minerales. La brecha entre el discurso y la práctica sigue siendo grande, pero la dirección de la presión es real y no va a desaparecer.


Estos cambios abren nuevas posibilidades. Pero ¿son suficientes?


El habilitador que falta: coordinación y aprendizaje colectivo


La respuesta corta es no. Las respuestas tradicionales a los problemas clásicos de la dependencia de los recursos naturales siguen siendo necesarias: instituciones más fuertes, mejores encadenamientos productivos, políticas industriales y tecnológicas, y una orientación estratégica clara. Pero los nuevos desafíos exigen algo diferente por naturaleza, no simplemente por grado.


Afortunadamente, el mismo contexto que eleva lo que está en juego también trae consigo nuevos habilitadores. Hemos visto recientemente que condiciones que suelen tratarse como estructuralmente fijas —la concentración de mercado, el dominio sobre el procesamiento y los bloqueos tecnológicos— pueden modificarse mediante estrategias deliberadas. Los países ricos hicieron esto en el pasado, aunque esa lección quedó en gran medida olvidada durante décadas de pensamiento económico ortodoxo que presentaba estas condiciones como algo natural y no como algo construido. China nos ha recordado recientemente, y a gran escala, que no lo son. Lo que parece ser el orden natural de los mercados de materias primas es, al observarlo más de cerca, el resultado acumulado de decisiones políticas e industriales. El techo es más alto de lo que suele suponerse.


Pero la mayoría de los países en desarrollo ricos en recursos naturales no podrán hacerlo solos. Lo que este momento exige es coordinación entre ellos —en materia de políticas, conocimiento y posiciones de negociación— y una inversión seria en aprendizaje mutuo. No sólo como un acto de solidaridad, sino como una necesidad estratégica.


Las economías avanzadas no operan de esta manera. Construyen coaliciones, coordinan estrategias y defienden intereses compartidos. Los países ricos en recursos naturales, en su mayor parte, no lo hacen. Las políticas se diseñan de manera aislada, muchas veces sin conocimiento de lo que otros han intentado, aprendido o en lo que han fracasado. El conocimiento y la capacidad analítica siguen estando fuertemente concentrados en el Norte Global. Las experiencias del Sur Global no se documentan ni comparten de manera sistemática. El resultado es una llamativa duplicación de esfuerzos y una persistente incapacidad para construir las posiciones colectivas que este momento exige.


Y los costos de esa fragmentación están aumentando. La actual turbulencia geopolítica, con todos sus riesgos, también está generando una ventana de oportunidad: la demanda es alta, las viejas reglas están siendo reescritas y el poder de negociación de las naciones ricas en recursos naturales, si se ejerce colectivamente, es mayor de lo que ha sido en décadas.


No es la misma historia, pero tampoco una historia resuelta


Entonces, ¿estamos frente a la misma historia de siempre?


La respuesta es sí y no. Las tensiones fundamentales del desarrollo basado en recursos naturales siguen presentes. Pero ahora se desarrollan en un contexto de mayor presión ambiental, una contestación social más intensa y una competencia geopolítica más fuerte, y también, por primera vez, con una generación de países que cuenta con más capacidades, más experiencia en políticas públicas y una mayor conciencia de lo que está en juego.

El resultado no está predeterminado. Pero tampoco ocurrirá automáticamente. Convertir este boom de minerales en un motor de desarrollo requerirá algo más que mercados favorables o mejores tecnologías. Requerirá coordinación, aprendizaje y nuevas formas de gobernanza que tomen en serio estas condiciones cambiantes.


Las condiciones que históricamente han hecho tan difícil el desarrollo a partir de los minerales no son tan fijas como parecen. Pero transformarlas requiere algo que hasta ahora ha sido escaso: estrategia colectiva, aprendizaje compartido y el reconocimiento de que ningún país puede hacerlo por sí solo. Los minerales están ahí. El conocimiento está creciendo. Lo que falta es la voluntad política para actuar de manera conjunta, y la ventana de oportunidad para hacerlo no permanecerá abierta indefinidamente. Que esta historia termine siendo vino viejo en botellas nuevas dependerá menos de los minerales en sí mismos que de si los países ricos en recursos naturales son capaces, por una vez, de escribir un guion diferente. Juntos.

 
 
 

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